Thursday, June 30, 2011

Extracto "La joven de las naranjas"

Verónica me enseñó a descubrir los pequeños intríngulis de la naturaleza. Hay muchos. Cuando cogíamos flores en el campo, nos quedábamos a veces mucho rato estudiando los pequeños milagros. ¿No es el mundo en sí un increíble cuento?

Hoy, es decir, en el momento de escribir esto, me pongo triste al pensar en el vuelo del abejorro durante esos efímeros segundos aquella tarde que estábamos cogiendo frambuesas en el jardín. Estábamos tan entregados, Georg, tan receptivos y despreocupados... Espero que tú también hayas heredado una mente receptiva a esos pequeños misterios. No son menos sugerentes que las estrellas y galaxias en el cielo. Creo que se precisa más inteligencia para crear un abejorro que para hacer un agujero negro.

Para mí, éste ha sido siempre un mundo mágico, desde que era muy pequeño, y mucho antes de que comenzara a espiar a una joven con naranjas por las calles de Oslo. Sigo teniendo la sensación de haber visto algo que nadie más ha visto. Resulta difícil describir esa sensación con palabras sencillas, pero imagínate este mundo antes de ese moderno machaqueo de leyes de la naturaleza, doctrinas evolucionistas, moléculas del ADN, bioquímica y células nerviosas, es decir, antes de que este globo comenzara a dar vueltas, antes de que fuera rebajado a ser un «planeta» en el espacio, y antes de que el orgulloso cuerpo humano fuera fragmentado en corazón, pulmones, rones, hígado, cerebro, sistema sanguíneo, músculos, estómago e intestinos. Estoy hablando de cuando el ser humano era un ser humano, es decir un ser humano entero y orgulloso, ni más ni menos. Por aquel entonces, el mundo no era sino un cuento chispeante.

Un gamo sale de repente de un bosquecillo, te mira durante un segundo, y al instante desaparece. ¿Qué alma es la que pone en movimiento a ese animal? ¿Qué fuerza insondable es la que decora la tierra con flores de todos los colores del arco iris y siembra el cielo nocturno con unos suntuosos encajes de estrellas centelleantes?

Un sentimiento de la naturaleza desnudo y directo lo encuentras en la literatura popular, por ejemplo en los cuentos de los hermanos Grimm. Léelos, Georg. Lee las sagas islandesas, lee los mitos griegos y nórdicos, lee el Antiguo Testamento.

Mira el mundo, Georg, mira el mundo antes de haber engullido demasiada física y química.

En este momento, grandes manadas de renos salvajes corren por la asolada planicie de Hardanger. En la isla de la Camargue, entre dos brazos de la desembocadura del río Ródano están incubando miles de flamencos rosados. Cautivadores rebaños de esbeltas gacelas saltan como por arte de magia por la sabana africana. Miles y miles de pingüinos reales charlan en una playa helada de la Antártida, y no sufren, están a gusto. Pero no sólo cuenta la cantidad. Un alce solitario y meditabundo asoma la cabeza en un bosque de abetos al este de Noruega. Hace un año, uno de ellos se extravió y llegó hasta Humleveien. Un lemming aterrado corre por entre las tablas de madera de la leñera de la cabaña de Fjellstølen. Una foca rellenita se lanza al agua desde un islote cerca de Tønsberg.

No me digas que la naturaleza no es un milagro. No me digas que el mundo no es un maravilloso cuento. Quien no lo haya entendido, tal vez no lo haga hasta el momento en que el cuento esté a punto de acabar. Pues es cuando te dan la última oportunidad de quitarte las anteojeras, una última ocasión de frotarte los ojos de asombro, una última ocasión de entregarte a este milagro del que ahora te despides y al que vas a abandonar.

Me pregunto si entiendes lo que estoy intentando expresar, Georg. Nadie se ha despedido llorando de la geometría de Euclides o del sistema periódico de los átomos. Nadie se echa a llorar porque va a ser desconectado de internet o de la tabla de multiplicar. Es del mundo de lo que uno se despide, de la vida, del cuento. Y al mismo tiempo, uno se despide de una pequeña selección de seres queridos.


[Las tierras de las cuevas pintadas]

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